domingo , septiembre 27 2020

Crónica sobre maestras en plena contingencia


Muchas profesoras se guardan lo que han vivido desde que se titulan hasta que obtienen una plaza.

Miguel Ángel Gómez Ruiz

Xalapa, Ver.

Tras haber cumplido su sueño de titularse como maestra, Marissa (*) se dio a la tarea, hace algunos años, de integrarse a un sindicato para buscar una plaza.

Buscó en varios sindicatos. Hay decenas en Veracruz. Pero siempre se decepcionó. Por lo menos dos dirigentes y un “achichincle” le condicionaron la ayuda. Es decir, le ayudarían si  estaba dispuesta a ser complaciente.

“Reconozco que era tímida. Ni siquiera había tenido novio pues tuve una educación muy rígida de parte de mis padres. No me asusté pero sí me di la vuelta y jamás volví”, dijo.

Tras pasar un año y auxiliar a otra profesora con un grupo de alumnos que tenían problemas de carácter y de aprendizaje, fue llamada por una amiga que la auxilió para que ingresara al sindicato más importante e influyente del país, el SNTE.

Con mucho esfuerzo, logró una plaza y se estableció en una escuela a la que se adaptó casi de inmediato: “Me chocaba que estuviera lejos de mi casa pues prácticamente debía tomar dos camiones y salir 6:30 para llegar apenas a tiempo, pero siempre tuve la vocación de enseñar”.

Del mismo modo, para cobrar su salario le llevó su tiempo: “De no ser por el apoyo de mis padres quizá hubiera muerto de hambre. Pasaron casi ocho meses para que me pagaran pero el esfuerzo valió la pena. He visto a muchos niños salir de la primaria y que se esfuerzan por continuar. Me duele cuando alguno ya no continúa estudiando”.

La escuela a la que acude es humilde y por ende, los niños apenas pueden llevarse algo de comida a sus bocas: “He tenido amigos que me han auxiliado para llevar algo de comida a los alumnos. No puedes ayudarlos a todos, pero es gratificante que te sonrían, porque es muy difícil aprender con el estómago vacío”.

Ha tenido buena relación con su directora y compañeras de trabajo, aunque ha sabido que otras compañeras de generación –de una escuela normal privada-, han sufrido acoso de parte de sus directores: “Sabemos que no todos son iguales, pero he sabido de uno o dos directores de escuelas que no dejan de molestar a las maestras, algunas de ellas son mis amigas”.

Aunque han denunciado los hechos ante las autoridades sindicales dice que las mujeres llevan mucho qué perder: “Lamentablemente hay compañeros que se cubren entre sí, he sabido que algunas compañeras han sido objeto de comentarios falsos. Es muy común que algún profesor le cuente al resto que anduvo con una y con otra y yo creo que eso también es violencia”.

Ahora con la contingencia, Marissa ha tenido poca comunicación con sus alumnos, pero sí con las mamás: “De un grupo de 19 apenas tres tienen computadora e internet. Hay mamás dentro del grupo que apenas saben leer y jamás habían utilizado una computadora. He sacado cientos de copias y los niños han cumplido. La verdad es que no sé si se clausure el curso o se repita el año, lo primero es la salud de los niños”.

La historia de Marissa no es diferente a la de muchas maestras en el país. Por ser mujeres, muchos hombres que están dentro de los sindicatos se creen con el derecho de molestarlas y condicionarles las cosas. Por lo menos ella no cedió.

Felicidades, principalmente, a esas maestras que lo han soportado todo.

Su nombre fue cambiado al igual que el nombre del plantel al que asiste.