Relato de un doble secuestro


Miguel Ángel Gómez Ruiz

Xalapa, Ver.

Corría el mes de marzo de 2007, justo cuando el entonces gobernador de Veracruz, Fidel Herrera Beltrán, aseguraba estar en la “plenitud del pinche poder”.

María Fernanda (*) era una joven empresaria de 27 años. Nacida en Baja California Norte, viajó con sus padres y hermanos a territorio veracruzano. Su padre, ingeniero, falleció un año después de haber llegado al puerto de Veracruz. Era un hombre joven, tenía 57 años.

Dejó algo de dinero, por lo menos para que la familia pudiera sobresalir. Los dos hermanos de María Fernanda, ingenieros, tenían trabajo y les iba bien.

Ella, egresada de una universidad privada hacía cuatro años, se dedicó a promover negocios. Ella elaborada la publicidad y la distribuía en distintos medios de comunicación: prensa escrita, radio y televisión.

Según ella recuerda, era una mujer fuerte, de decisiones firmes. Todo cambió una tarde de marzo, cuando se bajó de su auto en el boulevard Ávila Camacho. Se dirigía a un hotel que hacía poco tiempo se había inaugurado. Esa tarde se efectuaría una expo-agropecuaria y había preparado bastante material para dos empresas. Además, subcontrataba edecanes y éstas la esperaban en el lobby del hotel. Eran las 17:00 horas.

No llegó. Un auto se detuvo a su lado. Dijo que era un auto VW tipo Jetta oscuro y con los cristales oscuros también. No la agredieron, literalmente la invitaron a subir. Ella, con mucho miedo, accedió.

Yo conversé con ella gracias a la intervención de un amigo a finales de ese año. Sin embargo, no quiso dar la entrevista pues tenía miedo y la habían amenazado con levantarla e inclusive, también le habían dicho que dañarían a su familia.

Lo curioso es que eran dos amenazas distintas. Sí, dos, pues ella sufrió un secuestro exprés y posteriormente, sufrió un secuestro virtual, pues dos meses después del primero, fue obligada a permanecer doce horas en un hotel, mientras sus captores le robaban todo el dinero posible.

En el primer secuestro, María Fernanda relata que fue algo increíble: “Me temblaba todo. Apenas balbuceaba y no entendía lo que estaba pasando. Me hice pipí en la ropa y por momentos sentí que me desmayaba”.

Sus captores, dos, no tuvieron empacho en decirle que era necesario que les entregara todo lo posible. Ella llevaba un celular LG, en ese entonces muy caro. También llevaba en la bolsa siete mil pesos para pagar a un trabajador que construyó dos locales móviles y para pagar a dos edecanes.

Encima, tuvo que ir a cajeros de Banamex y Bancomer. En ambos sólo pudo sacar cinco mil pesos: “Para mí el dinero era lo de menos. Tenía miedo de morir. Ellos abusaron de mi miedo, pues nunca vi un arma. Sólo me subieron al vehículo y me trajeron dando vueltas”, indicó.

Luego de obtener un botín de 17 mil pesos. Los secuestradores aún la tuvieron en la unidad. La llevaron a la zona de El Conchal, a Mandinga y hasta le dijeron que era una joven muy hermosa y la invitaron a tener una “linda tarde de sexo” si se animaba.

Ella no lloraba a gritos, pero sí le escurrían lágrimas: “Me ardían los ojos, tenía la piel erizada y volví a hacerme pipí. Estaba presa del pánico”.

Dos horas, más tarde, cerca de las 19:00 horas, fue dejada en libertad por la zona de “El Coyol”, rumbo al aeropuerto de Veracruz. Ella se quedó de pie mientras el auto se alejaba. No supo qué hacer. Caminó un rato, conocía el rumbo porque algunas veces pasó rumbo al aeropuerto “Heriberto Jara”, pero desconocía el nombre de las calles o por lo menos no recordó que algún amigo o familiar viviera por allí.

“Me dio vergüenza decir que me habían secuestrado. Estoy segura que no me hubieran bajado de pendeja por haber permitido eso y más a dos tipos que ni siquiera llevaban armas o por lo menos no las vi”.

Caminó otro poco hasta que decidió tomar un taxi para que la llevara al negocio de un amigo. Cuando llegó con él, le pidió que le ayudara a pagar el servicio y posteriormente, le pidió que la llevara a su casa: “Me preguntó si me había ocurrido algo y le dije que me asaltaron y que me había asustado. Pero me cerré a mí misma y no le dije lo que ocurrió realmente”.

Su familia no se enteró. Llegó a casa y pretextó dolor de cabeza. Su madre, que padecía migrañas, también se había acostado temprano. Sus hermanos prácticamente no hacían parada en casa pues ambos trabajaban fuera y sólo llegaban los fines de semana.

Se duchó y se cambió. Se sentía lastimada pese a que no tenía ninguna herida. Cuando se acostó lloró mucho y no pudo dormir. No respondió llamadas.

Dijo que si acaso durmió dos horas.

Al otro día, se levantó temprano y anduvo en silencio. Bajó a su pequeño despacho y el ama de llaves le informó que su mamá había salido temprano al médico y no quiso despertarla. Fue mejor, dice, pues no habría resistido hablar con su mamá, temía que pudiera enfermarse más: “Ya con sus migrañas era suficiente”, añadió.

Reportó el número de su teléfono para que fuera cancelado y avisó a sus clientes que pronto tendría un nuevo número. Fue todo: “No hice nada más. Ni siquiera desayuné. Fui a acostarme otra vez y puse el seguro de la puerta de mi recámara. Estaba bastante afectada pero tenía miedo de pedir ayuda”.

Así fue por varios días. Al siguiente fin de semana, tras cobrar varias facturas. Fue a un motel y se encerró allí por tres días. Le había informado a su mamá que iría a ver a un cliente en otro estado.

“Compré lo indispensable y me encerré. No salí para nada y hasta el personal del hotel pensó que había ido allí a suicidarme. Llamaron muchas veces para saber, supongo, si estaba viva”.

Ni siquiera había vuelto por su vehículo. Permanecía a unos metros del hotel en donde serían los eventos.

¿Qué pasó con los clientes que tenías en ese evento?, le pregunté: “Les informé que había sufrido un asalto y me entendieron. Tuve que devolver anticipos y pagar al personal”.

Tras su encierro en el motel, volvió a casa el lunes. Más tarde fue por su auto. Por un tiempo recurrió a algunas amistades para que la acompañaran.

“Mis amigos me preguntaban si algo me ocurría o si había sufrido alguna amenaza de secuestro”, comenta y está segura que si les hubiera dicho lo que ocurrió le habrían instado a que presentara una denuncia”.

Por aquellos años, fue en la administración del entonces gobernador Fidel Herrera Beltrán cuando se asentaron varios grupos criminales. Los Zetas, la Familia Michoacana, el Cártel del Golfo y hasta la gente del Chapo Guzmán.

Se decía que el Chapo Guzmán tenía una casa en Xico, pero lo cierto es que durante el día y mayormente en las noches, había enfrentamientos entre grupos delincuenciales y la Marina Armada de México.

Eso era lo que más tenía María Fernanda. Nunca conoció al gobernador Herrera Beltrán, pero sabía lo feroces y crueles que eran los narcotraficantes, pues no sólo se dedicaban a la venta de droga, sino a la extorsión: “Aparecía gente ejecutada y otros sin cabeza, yo tenía pánico a todo eso. No quería morir”.

Pero en esos tiempos y tras el daño recibido, la joven no volvió a sonreír. Rechazó todas las invitaciones para ir a bares, discoteques y hasta a comer: “No tenía ánimo de nada y mucho menos quería poner en riesgo a mis amigos”.

Comenzó a preocuparse cuando notó que se orinaba en las noches, dormida. Bajó de peso y su nivel de azúcar llegó a ser alto. Comenzó a hacer ejercicio en casa pero eso no le quitaba el miedo.

“Acudí a una psicóloga. No me ayudó mucho y tuve que hacer lo que jamás pensé, ir a un psiquiatra. Lo único que pasó es que tomé diazepam y Rohypnol. Uno era para calmarme la ansiedad y el otro para dormir. No me volví adicta pero me di cuenta que no me ayudaban mucho”.

Hasta recurrió a brujos y de cuando en cuando acudía a alguna iglesia, sin éxito.

Optó por calmarse y trató de entablar una mejor relación con su familia: “No había una mala relación, pero todos estábamos metidos en nuestras cosas que lo que menos hacíamos era comunicarnos”.

De nuevo, el pánico

Un 5 de junio, martes, María Fernanda estaba sola en casa. Recibió una llamada en su teléfono celular. Nadie se identificó. Simplemente le dijo que fuera paciente y que recibiría instrucciones.

¿Qué pasa? Preguntó ella y comenzó a llorar: “No se preocupe mija que todo está bien. Tengo a su hermano César conmigo y no lo voy a soltar a menos que usted se movilice y me consiga 30 mil pesos. No haga ninguna cosa extraña pues entonces no sólo se quedará sin hermano, sino que voy a ir por usted y me la quiebro”, palabras más, palabras menos.

Con lágrimas, la mujer, que ya llegó a los 40 años, dice que no pensó que fuera posible que en tan poco tiempo, ella pudiera ser nuevamente la víctima de un delito: “No lo sé, fue un impacto tremendo para mí. Se me subió la presión. Me dolía la cabeza. Las piernas me flaqueaban”.

Recibió la instrucción de hospedarse en un hotel del centro del puerto de Veracruz, arriba de la zona de mercados.

Sólo le pidieron que tuviera el dinero a la mano, para que lo entregara a un emisario.

Sin embargo, pasaron las horas y su teléfono no sonaba. Verificó que tuviera señal: “Era un teléfono de plan así que no tenía por qué fallar. Era angustiante que nadie se comunicara”.

Lo peor es que no podía comunicarse con su familia: “Creo que fui un poco necia o me excedí en precaución. Temía por mi vida y estos delincuentes son capaces de todo”, exclamó.

De su casa había pasado al banco. Retiró la cantidad y se dirigió al hotel. Eso había ocurrido entre las 10 y las 11 de la mañana: “Eran las 6 de la tarde y nadie se había comunicado conmigo. Con el paso de los años creo que mientras me tenían allí, sin hacer nada, ellos estaban haciendo de las suyas”.

Fue como a las 8 de la noche cuando sonó su teléfono. Era un número desconocido y esa era la llamada que esperaba. No respondió ni a familiares ni a clientes. Tras responder una voz distinta a la que había escuchado en la mañana le indicó que saliera del cuarto y se fuera del hotel, pero que dejara “el paquete” allí, en la cama.

¿Mi hermano está bien? Preguntó, llena de nervios. El hombre que atendía la línea le dijo que sí, que su hermano estaría bien y que sería liberado de inmediato, cuando se recogiera el dinero.

Ella salió del hotel y fue directo a su auto: “Quise gritar auxilio, estuve a punto de hacerlo, pero no, preferí guardar silencio y cuando estuve frente al volante comencé a llorar. No pude evitarlo. Lloré y lloré”.

Fue a dar vueltas en su auto. Manejó por toda la ciudad de Veracruz y se dirigió a su casa, en Boca del Río. Estuvo tentada a marcar a su hermano, pero no quiso ser imprudente. Era demasiado el miedo a perder a un familiar y más aún, sentía que ella tenía la culpa.

En realidad, recuerda que jamás se opuso a entregar el dinero, pues su familia valía mucho más que el dinero. Llegó a casa y su mamá no estaba. María Fernanda supuso que estaría en casa de amistades quizá pidiendo ayuda.

“Esa noche mi madre llegó a casa muy tranquila. Yo en mi recámara por fin me decidí a marcar el número de mi hermano. No respondió y me llené de nervios. No podía marcar a los secuestradores porque el teléfono marcaba número desconocido”.

Rezó mucho esa noche, hasta que por fin a la media noche sonó el teléfono de la casa. Ella respondió, era César su hermano: ¿Estás bien? Le preguntó, desesperada.

Él respondió que sí y le dijo que no había podido comunicarse durante el día pues había extraviado su teléfono celular en algún lugar.

Ella sintió un baño de agua fría, pero mantuvo la calma y le dijo a su hermano que lo amaba y que le daba gusto saber que estaba bien.

“Tranquila, sólo me desconecté unas horas, mañana tendré otro aparato, lo bueno es que es de la empresa y te lo reponen a través de un seguro”, le comentó su hermano.

María Fernanda sintió que el alma le volvía al cuerpo. En ese momento, contrario al primer secuestro, ella sonrió y agradeció que su hermano estuviera bien.

Consecuencias

Ahora, con 40 años, María Fernanda ha dejado de preocuparse un poco. Tiene un pequeño negocio de decoración de interiores y sigue participando en algunas exposiciones.

Camina más segura, pero reconoce que todo lo que vivió tuvo consecuencias. Contrajo diabetes y también padece hipertensión. Su salud ha mermado, está extremadamente delgada, pero ella asegura que se siente con ánimo de luchar.

Por un tiempo sufrió incontinencia y tuvo que tomar ansiolíticos. Sufrió varias crisis nerviosas pero guarda en su corazón el hecho de que sus seres amados no supieron de los dramas que vivió.

“Fueron muchas noches de insomnio. Traigo tristeza pues mi madre falleció a principios de año, no por la pandemia, sino porque ya su corazón se había cansado”.

Sus hermanos viven fuera del estado y son exitosos. Ella no se siente tan exitosa: “Hago lo que me gusta. Ya sonrío más. De cuando en cuando acudo a una iglesia, pero igual me sigue pesando leer sobre secuestros. No tolero saber que alguien ha sido privado de su libertad”, añadió.

Veracruz es el estado que ha sido líder en secuestros en los últimos años. Muchos de los secuestrados, pese a que sus familiares pagaron rescates, jamás volvieron a casa. Otros fueron asesinados arteramente y hasta degollados.

Tras varios años de los sucesos, pese a que aún están vívidos, María Fernanda considera que “tuvo mucha suerte”. Hoy, vive para contarlo.